EL JUEGO

El papel de la mujer en las relaciones consiste en cazar un hombre, apuntarle con una ballesta bien alto al tronco del encéfalo solo para fallar en el último segundo a su muslo izquierdo. Esto lo hará solo a su debido momento, cuando se canse de juguetear con la pieza de comida dentro de a boca. A los hombres se les controla erectos.
Cuando cae, ella se acerca lento, hundiendo profundo el tacón de aguja en el fango y repta hasta él para introducir su lengua viperina en el agujero de la bala hasta alcanzar la luz de la arteria femoral. Las mujeres que se relamen los labios rojos son las más atractivas.
Mientras se retuerce de placer, la víbora lo amordaza, lo ata bien fuerte en las muñecas y lo arrastra por las hojas caídas del otoño para encerrarlo en el maletero dentro de una de esas bolsas gigantes de plástico donde se guardan los cadáveres. Pero es inevitable, el hedor férrico ya ha manchado la tapicería.
Al llegar a casa sienta al hombre en una butaca de mimbre, colocándose en frente de modo que sus ojos de escamas amarillas no aparten la vista ni un segundo de la sangrienta figura. A partir de ahora eres mío.
Así es, encuentra una presa, agárrala bien por los huevos, que no se mueva ni un ápice, arráncale la lengua, fúndele un anillo a la piel del anular, compra una casa en las afueras con una piscina de obra y ático de madera que llenarás de trastos y de mierda y de todos los años tirados por la borda.
Los días discurren como un eterno retorno, hasta que su obra maestra ya está lista. El pobre desgraciado obedece y maneja el arte de las sonrisas vacías para, una vez a la semana, recoger su premio: yace inmóvil de cara al techo mientras dejan que le roben el frío sexo.
Y un día, siglos después del disparo, la mujer suelta las ataduras de su bestia doméstica: la fidelidad más pura es la que se consigue con la tortura. Por primera vez desde el inicio permite descansar sus párpados tumbada sobre la butaca de mimbre.
Entonces el animal se incorpora, con sigilo se acerca al picaporte de la puerta principal y escapa. Bajo un mar de estrellas galopa hasta alcanzar un planeta a años luz donde nadie le conoce. Y libre, cada noche se folla el síndrome de Estocolmo en la boca de alguna desconocida, pero antes de que pueda convertirse en la nueva presa de otra hembra, lanza un aullido ultrasónico y se escabulle por la comisura de sus labios rojos.
Muchas veces piensa en no volver. Sin embargo, siempre acaba regresando a casa. Y al entrar en la habitación, allí sigue ella. Qué bonita y dócil se ve cuando duerme. Y así, húmedo de una nueva mujer, se coloca la correa y vuelve a acurrucarse a los pies de su ama.
En el día de la marmota continuamos con el legado de las relaciones posesivas, con mujeres que envenenan con palabras emponzoñadas y hombres que hieren con toda la fuerza de su cuerpo.
En esta historia todo el mundo es profundamente infeliz.
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